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HERENCIA
Desde que me levanto del vientre hembra y aún antes
vamos viviendo ya de ayer y de prestado.
La ventana que asomas tiene huellas de manos
de todos los estilos:
esta morena dio la aldaba,
esta otra el vidrio puso, el gozne aquella,
un bisabuelo tuyo la apaisó.
Te calzas con la vida, qué sé yo, de un romano.
Desde cincuenta siglos acuden a vestirte
gentes de todos los colores. Sangre
de moros desayunas
aderezada con sudores griegos.
Salivas ojivales o románticas
abren tu digestión, ese misterio.
Tu casa -¿Tuya, tuya?-
debe el portal a un turco
seljúcida, la llave a un maniqueo,
el techo, la terraza a un "Cro-Magnón".
Tu calle... bien, la calle, almoravide
en su mitad por parte de estructura,
cartaginesa en otras partes,
conduce a un paraninfo victoriano
donde truecas papiros iraníes
por baratijas coptas, es un decir. Monedas
con dos, tres, cuatro cifras en la fecha
te acorazan y adornan tus vitrinas,
¿te has parado a pensar?
Y de tus libros, tus memorias sabias,
más vale ya no hablar. En arameo
rezas, en latín juzgas,
persuades a otros en dialecto
jónico y edificas
con el argot de Hipona, el tingladillo
donde aposentas tu hombredad.
Sobre un monte de cráneos horadados
hemos puesto la casa.
No se caerá.
Puntales, recios fémures,
juran por su equilibrio,
guarnecen esta paz -aún no de todos-,
mullida -no de todos todavía,
¿cuándo de los demás? -en la que cuatro
mollares rostros-pálidos, silentes y extasiados
reducimos la música en potencia
para que nuestras nietas la lleven en un dedo
quizá de Marte a Aldebarán.
¡ Qué peana de sangre coagulada,
de linfa fósil, de sudor marchito,
hace hoy posible el lujo
este ponderar tamaña deuda !
Y aún hay quien dice «Yo...»
y pone luego un verbo en forma activa
con tres o cuatro complementos, ellos
directísimos todos... ¡ Qué inocencia !
Pues estas mismas líneas
cómo firmarlas ni fecharlas, cómo
darles fin, si es un río este en que andamos
y el que salte a la orilla está perdido
y el que no salte qué...
Apaga, pues, y vámonos,
poeta, con el dedo de tu madre
y piensa que es el aura de cien generaciones
el temblor de mil nervios difuntos en cadena
lo que enardece el pelo de tu lámpara
cuando pulsas la luz.
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LA MISERIA DE AMOR
«Cuando me paro...»
GARCILASO
«Cuando me paro a contemplar mi estado»
de varón solitario y aterido,
lágrimas que no salen se hacen nido
en el ojo interior de mi costado.
Allí se me oscurecen y en recado
de escribir se convierten. Las expido
del corazón en forma de sonido
y me vuelvo a sangrar del otro lado.
¿En qué parte el amor, ese que dices
que eres, Señor, y somos? ¿Por qué vena
la sangre que jubile y satisfaga?
Pedigüeños hambrientos, infelices
lazarillos del brazo de la pena,
eres y somos una pura llaga.
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AMOR ES LA RAZÓN
No hay más razón que amor ni hay más salida
por la tangente: todas interiores.
Dios habló de tinieblas exteriores
y el truque -yo por ti- mueve la vida.
Hay que rasgar la cápsula encogida
que nos define y nos da fin. Mayores
cuanto más damos somos y mejores.
Quien se niega a la entrega se suicida
Estás en los demás aunque no quieras
y los demás en ti y aun Dios en todos
trascendiendo tu nada con su abismo.
Cuando te das se funden las fronteras
y recibes muy más de todos modos.
Pues todos son a darte y aun tú mismo.
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PRIMITIVA
Té daré el primer nombre, Varona, hueso mío.
Rédito de mi sueño a un Dios que nos formaba.
Eva aún sin poma. Membranillas tenues
sobre tus ojos, tu inocencia.
Te diré el primer nombre, Yema, Ova, Pistilo,
ni casta, porque aún no era castidad ignorarse,
verse sin verse, órbita de un merodear blanquísimo...
Aún el primer jilguero no era dueño del ritmo
ni el corzo había logrado esbelteces efímeras
para su parvo vuelo
y ya conmigo tú, penumbra mía, esbozo
de mi futuro antiguo, perplejo de invenciones.
Tu orografía armónica dándome voces limpias,
callando todo pájaro, celando toda lumbre,
y yo, yéndome en ti, sin mal, sin fiebre.
Y era el amar un susto espléndido y tremante,
un acabarse en otro para nacer en uno,
una huida fulgente del minuto,
un manantial, un alba, intempestivos.
Una manera heroica de rezar.
Se ignoraba la curva servicial del arado
y te brotaban hijos de los inmunes párpados.
Como no recordar, no recordarte,
cuenco de sol, liza jocunda y mística.
Te pondré el primer nombre, flor de mis costillares,
olvidaremos cifras, tronos, generaciones :
Nada ha pasado, sabes, la nostalgia no existe
ni aún se está en un oscuro valle en que nostalgiarse.
No. No es melanconía lo que nos da el crepúsculo.
Es pavor primitivo de ignorar si mañana.
Hórridas son, y tanto, las estrellas
como espías de Dios insoslayables.
No dulces. Nunca dulces sus aristas sin tino.
Ven a mí como antes, sin pudores de vides.
Con una, entre tus manos, no ya manzana, tórtola,
que vamos a partirnos su guinda viva y rítmica,
su apenas corazón con el fiel de los dientes.
Ven a mí como entonces, pues no es bien que esté solo.
Que solo se me viene más el no Dios encima.
Que sin ti, rasgo cielos y anonado distancias
y grito al que me ha dado la materia del grito.
Ven ya y olvidaremos, que es decir morir vivos;
tu hombro tibio para mi nuca torturada.
Tu alud de besos contra mi insaciable candela.
Tú, que apenas te nombras Corola, Vientre, Nido...
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CONSOLACIÓN POR LA CARNE
Amar es más difícil que parece;
ser amado, imposible. Ya es bastante
que alguna vez se nos tolere un poco,
se sufra nuestro aliento,
se nos oiga en silencio pedir o renegar.
Y porque así de arduo
es y así de costoso el fruto último,
ese nombrado amor que apenas nadie
poseyó ni vio nunca,
es bueno y natural que tú y yo ahora,
amiga de mis ojos y mis manos,
nos empapemos hasta los meollos
de los huesos en esta salsa calda
de darnos y gozarnos cuerpo a cuerpo,
sin tela en medio, sin reloj, sin aire,
hasta después de ya no poder más.
Será mentira esta palabra,
no será cierta tu sonrisa.
Mi sueño o tu memoria,
tu ayer o mi mañana
podrán vagar por tantos otros reinos,
bajo qué otras banderas, cada cual por su olvido
o mascando la propia soledad;
podrá no ser de veras
nuestra promesa para tantas horas...
pero esto sí es verdad;
este tenernos de hoy es nuestro todo,
este cuerpo oscurísimo que abrazas,
esos pechos fluidos que rebosan mis manos,
este labio que obligo entre los míos,
esta batalla del placer sin tregua
es nuestra y la ganamos al par que sucumbimos,
a un tiempo vencedores y vencidos los dos.
Oh, sí, la carne mutua es verdadera,
consiste, suda, pesa y se estremece,
no es cierto que sea triste ni que amargue los ánimos
ni queda otro regusto tras del beso
sino el de reempezar.
No esperes a que venga qué amor a sostenernos
con su maná tan raro como efímero,
tal como nadie espera a la cosecha
para entonces sembrar.
Enterremos en huertos de presente
estas verdes adelfas que se irán expandiendo
cada una a su hora. No nos hablen de amor.
Ya vendrá si es de ley...
Hoy somos sólo un pulpo de ocho miembros
que raramente un tajo divino escindiría.
Tú yaces en la paz y entre mis manos
yo esgrimo el vellocino sagrado de tu sexo
donde acaso el amor duerma en simiente
o se vislumbre un sol de eternidad.
Anda, encaja en tus pechos mi corazón antiguo,
vamos, que aún sobra espacio entre nosotros,
acóplate a tus vanos como a un viento calino
y agáchate, que va a pasar la muerte;
no nos llegue a rozar.
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LA AMADA DEL POETA
«... Porque no todo día puedo besarlo...
A veces se me vuelve como una chaqueta vacía,
como un áspero reló de manecillas digitadas
que se espera y se está, moviendo su quietud a lo largo de un
mismo, eterno punto.
Sus ojos no son ya suyos ni míos.
Se le huyen hacia dentro como gazapos asustados,
como si quisieran ver mi luto de viuda
o adivinar la fecha del entierro de nuestro primer hijo.
Y tengo entonces que callarme,
tapiarme el vientre de paciencia blanca,
cerradurar el arca con toda su odorosa holanda virgen,
tirar lejos el pomo presumido de esencias,
zapear al angora runrunoso
y dar, sembrar, posar, la mariposa de mi oreja
en su hombro derecho.
Y dormirme.
Nada me dice, ni aun cuando me tira sus palabras,
sus palabras desnudas, desatadas, sin verbos ni pronombres,
como que va y no va a decirme algo.
Yo entonces no me explico esa tenacidad de la albahaca,
ni el jaramago entre las tejas, infiltrado de un dispense
doradísimo
* * *
Y pediría cuentas al cielo de tanto lago y cuánta bobalondra.
Y exigiría explicaciones a los violines y abanicos,
de cómo es que no retratan también la última comunión de
nuestra vida.
Y a las corbatas que no acaban de estrangular a tanto lobo en
pie como va habiendo.
Y hasta al tranvía que frena a tiempo de no matar a aquel
borracho forastero;
porque me consta que es inútil el ojal y el rigodón y el papel
seda.
Porque no es sólo ya que no me bese :
Es que me mira desde atrás, a través de la nuca
y me hinca un junco seco de hastío venial entre los pechos,
yo diría que exigiéndome la nada de su boca que aún no acabó
de concederme.
Diría yo que desbesándome.
Pero otras veces es igual que una hoguera de piñas verdes y
retamas
con ramas como venas trepidantes,
que me muerde de besos la cadera o la nuca,
que me hunde una mirada de metal en la garganta
y apenas si me deja un dedo en cada mano.
* * *
Entonces yo me pongo el corazón debajo de la lengua
y le presto la cuerda de mis brazos para un suicidio de juguete
y le cuelgo de lágrimas esas pestañas ni siquiera suyas,
para que ya no piense más en su París privado con diablesas,
a donde se me escapa y se me pierde mientras me deja el
ancla de su mano.
Porque no debe ser muy gran pecado dejarse amar
por un volcán con tanta pena.
Y tiene que existir un purgatorio indulgenciado
para esta cosa oscura de acechar la sonrisa de un enfermo
mientras se va la sangre, a cada luna, a encenegar los pozos
de la espera...
... Porque no cada día quiere besarme...»
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HIJO DE LA MUERTE
Sarcásticamente abril, como quien dice la yema.
Como quien dice la estrella.
Como quien abre los labios para nombrar a la vida
y la boca es una pústula y huye la vida entre los bordes.
No digamos de almendros ni de otrantas corolas,
ostruyamos el sol con la dolida mano
y acostemos la frente para pensar en nada :
Así se está mejor, como durmiendo. Ahora
venga el recuerdo amargo por rescatar lo suyo
y el hombre por lo suyo, por lo suyo la hembra,
griten contra el gran Nadie que taponó la vida
con diez lañas de plomo.
Porque no hay oración entre una frente hueca
y un vientre despojado, desentrañado en frío,
ni el rezo se difunde de los crispados dedos
ni hay Dios cuando no hay vida que se postre y le llame,
no hay más que pena y pena y otras tres veces pena
y una diuturna huelga de corazón caído
a los pies de una sombra sin contornos.
* * *
Aún eras una gota de promesas sin número,
un bulbo de esperanza sin vello y sin hechuras
y antes ya se te amaba, se te ablandaba un lecho,
se te espigaba un nombre, Pablo, Luis, Margarita,
porque, sin sexo apenas, ya eras cosa de amor.
Meramente posible, como un ángel pensando,
como un limpio proyecto del porvenir certísimo,
que hasta nos estrujábamos para lograr tu ámbito
en una tierra estrecha para tanta alegría.
Hijo, toma este nombre que ella y yo te entregamos;
hijo nuestro, más nuestro que otros después ni nunca,
niño huero, imposible, y aun con eso, realísimo,
coágulo de esperanza, primavera zanjada,
el veintiuno de marzo amaneciendo.
Gladiolo sin abrir, carta inescrita,
temblor nunca sentido, cárcel muda y sin puerta,
agua seca, no hijo, blanca noche, di; ¿Eras?
¿Mucho? ¿Llegaste a estar? ¿Tuviste tiempo, sitio?
¿Cabalgaste este pulso de la vida
que numeramos horas? ¿Circulaba
savia aún no roja dentro tus redaños?
¿Te meneabas, corazón? Oh, sí, seguro,
mis dedos comprobaron la premura
de tu desasosiego silencioso
con tibia paz de acuarium,
salamandrita de mis sangres, Pablo
que te hubieran llamado cuantos viven.
-Hoy tu nombre lo toman, usan otros
que no sabrán que para siempre es tuyo
desde que lo cosimos a tu adviento-.
Vacua flor de mis tuétanos, podrida masa mía
sin acabar de asar, estafa del destino.
Mañanita horadada, concha sola,
pistilo desgajado, ni aire, cabo
de la mala esperanza.
Oh, sí, te meneabas,
meses de casi ser te recorrieron,
alentaste al amor, madre del mundo,
-no padre, vientre inmenso, fiel vagina,
pezón como volcán o como fístula-,
tú sin aire, mi hijo, mi no hijo,
tú, soplaste al amor...
No pasaste la amarga
claudicación del parto,
no duplicaste la cerviz al yugo,
no llegaste a nacer, y, sin embargo,
eras y cuánto en nuestra pronta dicha,
en la ilusión de dos, de casi uno,
y se rezó también por tu arribada,
fuiste cuenco, vasija de oración...
Ay, pero Dios, las cosas, el Destino...
Este «pero» no pasa la garganta,
este «pero» se pone en pie y blasfema
y le surgen mil púas en contorno,
y escupe bilis o venenos negros
contra el más grande, contra el que haya sido,
contra quien corresponda.
Ah, porque no entendemos,
porque miramos el tapiz de espaldas.
Pero por eso, porque no entendemos,
pues por eso, pues nos desaforamos,
nos ponemos a hervir para arrojarnos,
lava en burbuja, al centro de la culpa,
al corazón mismo del mal.
* * *
Y ahora nos preguntamos ella y yo, tus no autores,
tus fallidos tallistas, tus pintores
sin tinta ni pincel, sin lienzo apenas,
sin muy más que el deseo,
nos preguntamos, digo, preguntamos,
a Alguien que ciertamente ha de saberlo,
pero que bien lo calla el Absoluto :
¿Dónde estás? ¿Qué te ha sido?
¿Eres o no, mi pena? ¿Acabó todo
en el rosario aquel de gotas ocres,
hediondas, que fluían de una esquina
de tu caja, menuda y sin adornos,
y que pintaban en las losas ásperas
del Dormitorio Grande aquel de Cádiz
un misterio de desesperaciones
con sus diez o más «Ave-no-Marías»
porque estando, que estaba, el alma seca
no había manera de rezar?
¿Acabó todo allí? ¿En la hoja aquella
municipal en que te titulaban
«feto varón, seis meses, sepultura
ordinaria y abril catorce. Cádiz»?
Hoja que guardo y que no miro,
que quisiera saber dónde no existe,
única y póstuma del árbol tuyo,
feto varón, responde :
¿Acabó todo allí?
* * *
No se resigna el pecho y la memoria
no se somete y cierra contra el tiempo
de atrás, hacia un vestigio venerable
en que honrar tanto muerto como éste,
capitanillo de su propia gloria
que ni aun probó la sal del llanto.
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